sábado, 2 de diciembre de 2017

LAS FRUTAS
Simbólico festín. Amplia y espesa
enramada de vides forma el techo;
y de la yerba húmeda en el lecho,
tendida se halla la silvestre mesa.

Sobre los hombros de un gran Atlas pesa
un recipiente para tanto estrecho,
en donde saltan del monto deshecho
la piña enorme y la menuda fresa...

Corona la alta torre una partida
manzana de oro que a gustar provoca
frescas corrientes de ignorada vida;
y empinándose así la torre ufana,

se hace una torre de Babel que toca
el cielo del amor con la manzana.


LAS MINAS DE POTOSÍ
Es justo que Zipango renuncie su decoro:
ostentan mayor pompa las cúspides andinas;
y aún pueden, en medio de las incaicas ruinas,
buscar los Argonautas el símbolo de oro.

Cuando el hispano, há siglos, tocó el clarín sonoro,
los indios se escaparon al fondo de las minas;
y bajo de las piedras y nieves cristalinas,
quedó, como en un cofre, guardado su tesoro.

El Padre de los Incas, el Sol, que oyera el grito
de ese clarín que supo colmar el Infi nito,
también quiso ocultarse, miedoso de la guerra;
y así, después, al golpe del pico y de la azada,
el oro fue sacando su luz petrifi cada
como si el Sol brotase de bajo de la tierra.
            
ARBOLES VIEJOS

Hasta el árbol tronchado en el camino
Sin hojas y sin frutos y sin flores
Puede prestar asiento a los pastores
Y un báculo ofrecer al peregrino.

Así el anciano de experiencia y de tino
Máximas da que eviten sinsabores
Y sin savia ni aromas ni colores,
Cumple su ley y tiene su destino.

¡Oh labrador! Escucha mi consejo;
Te debes resistir cual me resisto
A cortar ramas aunque estén desnudas;

Porque puede salir de un árbol viejo
Quizá la cruz en que sucumba un cristo,
Quizá la rama en que se cuelgue un judas.
EL SUEÑO DEL CAIMÁN

Enorme tronco que arrastró la ola,
yace el caimán varado en la ribera;
espinazo de abrupta cordillera,
fauces de abismo y formidable cola.

El sol lo envuelve en fúlgida aureola;
y parece lucir cota y cimera,
cual monstruo de metal que reverbera
y que al reverberar se tornasola.

Inmóvil como un ídolo sagrado,
ceñido en mallas de compacto acero,
está ante el agua estático y sombrío,

a manera de un príncipe encantado
que vive eternamente prisionero
en el palacio de cristal de un río.

LA FLOR DEL AIRE
Yo la encontré por mi destino,
de pie a mitad de la pradera,
gobernadora del que pase,
del que le hable y que la vea.

Y ella me dijo: "Sube al monte.
Yo nunca dejo la pradera,
y me cortas las flores blancas
como nieves, duras y tiernas."

Me subí a la ácida montaña,
busqué las flores donde albean,
entre las rocas existiendo
medio dormidas y despiertas.

Cuando bajé, con carga mía,
la hallé a mitad de la pradera,
y fui cubriéndola frenética,
con un torrente de azucenas.

Y sin mirarse la blancura,
ella me dijo: "Tú acarrea
ahora sólo flores rojas.
Yo no puedo pasar la pradera."

Trepe las penas con el venado,
y busqué flores de demencia,
las que rojean y parecen
que de rojez vivan y mueran. 
Desvelada

Como soy reina y fui mendiga, ahora
vivo en puro temblor de que me dejes,
y te pregunto, pálida, a cada hora:
« ¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!»

Quisiera hacer las marchas sonriendo
y confiando ahora que has venido;
pero hasta en el dormir estoy temiendo
y pregunto entre sueños: « ¿No te has ido?»
Apegado a mí

Velloncito de mi carne
que en mis entrañas tejí,
velloncito tembloroso,
¡duérmete apegado a mí!

La perdiz duerme en el trigo
escuchándola latir.
No te turbes por aliento,
¡duérmete apegado a mí!

Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
No resbales de mi pecho,
¡duérmete apegado a mí!
Cuando llegues a amar
Cuando llegues a amar, si no has amado,
Sabrás que en este mundo
Es el dolor más grande y más profundo
Ser a un tiempo feliz y desgraciado.

Corolario: el amor es un abismo
De luz y sombra, poesía y prosa,
Y en donde se hace la más cara cosa
Que es reír y llorar a un tiempo mismo.

Lo peor, lo más terrible,
Es que vivir sin él es imposible. 



Tú eres mío, tú eres mía
Niña hermosa que me humillas
Con tus ojos grandes, bellos:
Son para ellos, son para ellos
Estas suaves redondillas.

Son dos soles, son dos llamas,
Son la luz del claro día;
Con su fuego, niña mía,
Los corazones inflamas.

Y autores contemporáneos
Dicen que hay ojos que prenden
Ciertos chispazos que encienden
Pistolas que rompen cráneos.